De madrugar poco. Música en inglés en la radio.
Un par de ibuprofenos. Duchas frias, o calientes.
Miradas vacías, perdidas en el recuerdo de la noche anterior.
Soledad, a veces compartida.
Tardes de sofá, de pijama y poca cena. Dolor de cabeza.
Queda media pizza en el microondas.
Domingos de autodestrucción.
Aún quedan las secuelas de la ginebra y los restos de los besos que me diste anoche.
Domingos de película mala y helado de chocolate. Demasiado helado de chocolate.
Domingos de no salir de casa en todo el día. Ni de la cama.
De echarte de menos. De arrepentirme.
Ojalá saber algo de ti algún día. Sí, hoy sería un buen día.
Se me queda grande el sofá, la casa, la cama y la vida.
¿Para qué sirven los domingos?
No sirven para nada.
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