Treinta y dos besos recorren tu espalda y respirarte sobre la nuca es suficientes para romper el cuadro que colgaba en la pared. El primero en mitad del pasillo, junto al armario. La ropa tirada por el suelo indica lo que está ocurriendo. Me tengo contados los lunares de tu pecho y esa marca de nacimiento al final de tu cadera.
No sé que habrás desayunado está mañana pero no puede ser bueno. Se nos hace de noche encima de la mesa y luego en el colchón, los restos de sudor son testigos del desastre. Aún a oscuras, veo París entre tus piernas.
Tres mordiscos en el cuello
me enseñan el final del invierno.
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